¿Te cuesta negociar?


Quizá debas negociar contigo misma como punto de partida…

Resulta difícil negociar con otros/as, si previamente no tenemos claros los objetivos de la negociación y los márgenes de renuncia que estamos dispuestas a asumir, a cambio de lograr eso que deseamos conseguir en un momento determinado.


niña interior

A las mujeres, en general, nos resulta más “violento” negociar abiertamente para conseguir lo que consideremos legítimo, no por falta de capacidad o habilidades, sino por falta de entrenamiento. Y también, debido a las confusiones que operan internamente a través de los mandatos de género que nos pueden generar culpa cuando apostamos por legitimar nuestros derechos.

Y cuando digo que nos puede resultar “violento”, no me refiero a negociar utilizando métodos que puedan resultar “agresivos”, sino a colocarnos en un plano de igualdad en el espacio de las negociaciones como mujeres adultas, ni como hombres, ni como niñas.

Como mujeres con capacidad para discernir lo que quieren o no quieren y con la seguridad de contar con el legítimo derecho a defenderlo. Luego se conseguirá o no, eso es otra cosa…

Uno de los mandatos de género centrales para las mujeres es la condescendencia, o mejor dicho, el sometimiento de los propios intereses, como prueba de cariño hacia quienes nos piden algo que no encaja del todo con lo que una quiere. Legitimar lo que queremos y sentirnos con derecho a defenderlo, es una tarea que implica transgredir aprendizajes naturalizados y muy interiorizados.

Este tema sale recurrentemente en las sesiones de coaching que llevo a cabo con mujeres de distintos perfiles y condición: “Me siento súper culpable cuando…” “¿Qué pensará si…”

Desde una perspectiva de género, se entiende que nos resulte complejo transgredir este mandato de “incondicionalidad” como fórmula aprendida de evitación y como estrategia tranquilizadora que podemos confundir con flexibilidad… Total, ¿no es bueno ser flexible? Flexible sí, sumisa, es otra cosa...

Por ello, resulta necesario pararnos a pensar antes de iniciar negociaciones en cualquier ámbito de la vida, el lugar interno desde el que nos colocamos en esa negociación: ¿Me siento con el derecho a negociar esto? ¿Qué supondría para mí lograr lo que quiero o renunciar a ello por temor? ¿Qué equilibrio o desequilibrio hay en la posición de poder entre las partes?

Así que os dejo una pequeña fórmula que ayuda:

Paso a paso: primero analizo lo que quiero, luego identifico el para qué ¿qué cambiará para mi si lo consigo?, identifico el lugar interno en el que me coloco –temor, inseguridad-, analizo los recursos disponibles y la posición en la que estoy situada en ese contexto concreto y con esa persona determinada ¿Hay mucha disparidad de poder?

A partir de las respuestas que vamos obteniendo, podemos ir desarrollando las estrategias adecuadas para reforzar nuestro poder interno y equilibrar nuestra posición externa en el marco de esa negociación.

Lo que no conviene, en cualquier caso, es renunciar a lo que nos conviene por temor revestido de sumisión y pensar que los demás van a entender lo que necesitamos, sin defenderlo o explicitarlo abiertamente.

Buen domingo.

Las asociaciones de mujeres: pasado y presente


encuentro asociaciones

XII encuentro de asociaciones, Madridejos, Villafranca de los Caballeros y Consuegra (Castilla la Mancha)

Ayer estuve impartiendo una ponencia sobre lo que implica el empoderamiento de las mujeres y posteriormente dinamizando un taller con mujeres responsables de las Juntas Directivas de varias asociaciones de los municipios de Madridejos, Villafranca de los Caballeros y Consuegra (Castilla-La Mancha). Las actividades se enmarcaban dentro del XII encuentro de Asociaciones que, como cada año, promueven los Centros de la Mujer de esos municipios con apoyo de del Instituto de la Mujer y de los respectivos Ayuntamientos, desde aquí mi agradecimiento a las técnicas y concejalas del área de  igualdad por confíar una vez más en mi trabajo.

Me pareció interesante plasmar parte de lo trabajado y vivido ayer para una reflexión conjunta, sobre todo, para compartir con las profesionales que trabajan en ámbitos de Igualdad y género. Me suelen demandar que intente motivar a las mujeres de asociaciones para que participen más activamente y también, para que orienten las actividades con mayor perspectiva de género.

Así que ahí voy…

La dificultad para poder cambiar lo que no vemos.

Unos días antes del encuentro envié un cuestionario a las asociaciones con preguntas de interés para trabajar en el taller de la tarde. La primera pregunta era si habían percibido situaciones de desigualdad a lo largo de sus vidas por el hecho de ser mujeres que, además, viven en entornos rurales donde los roles de género suelen estar más marcados.

La inmensa mayoría respondió que ¡no! Primera sorpresa teniendo en cuenta que la media de de edad de las integrantes está entre 50 años en adelante. Cuando comenzamos a trabajar en el taller fueron saliendo las desigualdades que tuvieron que enfrentar y, también, como se naturalizan hasta el punto de no percibirlas a nivel racional, otra cosa son los malestares que genera la vivencia de la desigualdad y que se expresan con síntomas diversos: depresiones, ansiedad generalizada, baja autoestima, inseguridad e infravaloración…

Tomar conciencia de lo que nos somete supone el primer paso para cambiarlo.

Fuimos analizando y reflexionando sobre los aprendizajes tempranos y los mandatos de género que se interiorizan con tal eficacia que una solita va tomando decisiones que implican autorrenuncias y postergaciones de proyectos propios y adoptando actitudes de resignación y paciencia infinita por “Amor” a la familia, de la manera mas “natural” del mundo.

Poco a poco, tal como conviene indagar sobre aquello que nos cuesta ver, fueron emergiendo los conflictos sentidos y pudimos relacionarlos con los hechos y situaciones que los provocan o provocaron. De este modo se fueron desnaturalizando las prácticas opresivas que operan con total naturalidad.

Un punto de partida esencial para salir de los sometimientos incorporados como valores impuestos desde la tiranía del género, es reconocerlos, ser conscientes de ellos y tratar de analizar, que no victimizar o reprobar a quienes se someten, el coste que conlleva dejar de ser agente activo de la vida, para pasar a ser sujeto pasivo cuyo fin prioritario se orienta a agradar y facilitar la vida de los otros/as como máxima vital.

Para reforzar la autoestima es de gran ayuda comenzar a poner en valor lo que somos, podemos y fuimos consiguiendo a lo largo de la vida.

Poner en valor las capacidades, los méritos, los logros obtenidos, aunque no reconocidos desde los parámetros que prestigian los valores determinados desde el ámbito público, ayuda a fortalecer la autoestima, refuerza el autoconcepto y estimula la autoconfianza.

El tomar conciencia del valor que implica la ética del cuidado y el beneficio que reporta para quienes lo reciben y también para quienes cuidan, si además de cuidar a otros, queda espacio para el propio autocuidado, es un ejercicio de gran utilidad para entender que el mundo laboral, social, político económico, no podría sostenerse de ningún modo sin la necesaria cooperación y cuidados mutuos.

Muchas mujeres encuentran una gran dificultad en nombrar sus capacidades o valores fuera de la paciencia, la generosidad, el haber sacado adelante a la familia, el cuidar a los padres… Nombran lo que hacen, no sus capacidades y competencias. Se autoetiquetan con aquellos rasgos que se asocian con la incondicionalidad como virtud máxima de lo “femenino”, pero les cuesta identificar y definir competencias y recursos que fueron desarrollando a lo largo de su existencia y que las facultaron para enfrentar y superar múltiples visicitudes. Los “poderes vitales” que nombra Marcela Lagarde.

El coraje, el tesón, la valentía de enfrentar y superar situaciones duras, la creatividad para resolver contingencias varias, la capacidad de trabajo en explotaciones agrarias o ganaderas, además del trabajo doméstico y de cuidados… ¿Qué no podrían haber conseguido si hubiese orientado las energías y el empeño hacia si mismas?

El asociacionismo supuso un hito para la participación social y política de las mujeres como grupo organizado.

Las mujeres que viven en el medio rural, deben superar aún mayores barreras de desigualdad que las que viven en entornos urbanos, más allá de las particularidades y factores diversos condicionantes o favorecedores en cada caso y contexto. Por ello, el asociacionismo en sus inicios supuso un hito de gran importancia para promover la participación de las mujeres desde espacios propios y también, para compartir inquietudes y buscar alternativas conjuntas para salir del encierro que impone el mundo doméstico como destino.

Desde esas experiencias y vivencias fueron expresando y tomando conciencia sobre lo que aportó a su crecimiento personal como mujeres, el haber participado en la asociación a lo largo del tiempo: ampliar su mundo, atreverse a tomar iniciativas aunque no fuesen del agrado de familias o parejas, volver a estudiar, ayudar y sentirse ayudadas, compartir, salir de la soledad tras una separación o viudedad… A no ver la vida “entre visillos” como nos muestra la fantástica novela de Carmen Martín Gaite.

La asociación fue un espacio seguro donde poder animarse a ser ellas mismas y, de paso, a mejorar de muchas de las sintomatologías que venían arrastrando:“Dejé de tomar pastillas para dormir”, expresaron muchas mujeres.

¿Qué diferencia en “esencia” a una asociación de mujeres de otro tipo de asociacionismo?

Otros temas que fuimos abordando en el taller, tenían que ver con los retos que deben enfrentar las asociaciones de mujeres en este momento y los objetivos que deberían marcarse para no perder de vista el sentido esencial que debería movilizar a la acción: habilitar espacios que propicien el empoderamiento individual y colectivo de las mujeres.

Esto es lo que en esencia diferencia una asociación de mujeres de otro tipo de asociacionismo, tener como fin y meta, el contribuir a promover el empoderamiento de las mujeres, en este caso, impulsando la participación de las socias a través de la toma de conciencia de su poder transformador como agentes de vital importancia para el desarrollo y sostenibilidad del medio rural: pasar de meras proveedoras de cuidados a sujetas de derechos y con poder para incidir, decidir y transformar aquello que limita el disfrute de derechos por posibilidades para poder vivirse más libres.

La necesaria perspectiva de género en la programación de proyectos y actividades. 

Otro reto importante que se les plantea a muchas asociaciones de mujeres en este momento, es cómo estimular la participación de las socias y su motivación hacia actividades que no sean sólo meros espacios para el entretenimiento sin más. Ahí también estuvimos viendo fórmulas y posibles estrategias. El coaching ayuda muy mucho a generar pensamiento y reflexión consciente.

Hay diversos factores que condicionan o favorecen la participación y la implicación. La edad es uno de ellos, la dificultad para consensuar decisiones y tratar de dar respuestas ajustadas a las distintas necesidades o expectativas de las socias, otro.

La necesidad de reforzar competencias de inteligencia emocional y de liderazgo.

Ejercer el rol de liderazgo, contar con herramientas para negociar las discrepancias, establecer normas básicas de funcionamiento y límites claros, son algunos de los retos que también deben afrontar muchas integrantes de las juntas directivas como lideresas que son en este rol para el que fueron elegidas por mayoría.Otro tema a trabajar como vimos. 

Porque si el aprendizaje interiorizado se orienta a dar gusto a todos y todas ¿cómo vamos a abordar los conflictos que surgen en las relaciones cotidianas dentro de cualquier grupo humano? ¿Cómo vamos a sentirnos capaces de poner límites a las demandas no ajustadas, si en vez de expresar desacuerdos o decir no, nos enseñaron a callar para evitar “líos”… 

Este tema sin les interesó y mucho: Ahora ya saben que necesitan desarrollar competencias de inteligencia emocional y de liderazgo para poder dinamizar las asociaciones desde el rol que les corresponde como mujeres capaces de ser, además de generosas, pacientes y valientes, lideresas activas de sus comunidades.

Ahora toca poner en práctica poco a poco lo que ayer trabajamos. En eso se quedaron y muy contentas por cierto y yo, más aún¡¡¡ Al final, quedó en el aire el concepto de sororidad como una forma deseable de relación entre mujeres diversas, únicas y múltiples.

 

 Carmen Barquín

La llave mágica para lograr nuestros propósitos: Foco, propósito, actitud, competencias y oportunidades.


Este año se conmemora el centenario del nacimiento de Gloria Fuertes. Una gran poeta y mujer vital que fue denostada durante el franquismo por su condición de mujer libre, rebelde, profundamente humana, pacifista y lesbiana.

Al leer la biografía de Gloria Fuertes, enseguida vamos observando rasgos de personalidad que la definían desde una edad temprana y, también, una actitud vital y pasiones que la impulsaban hacia sus metas: quería escribir poesía y le gustaba mucho el deporte. Su  familia no entendía ni una cosa ni la otra, y claro, oponían resistencia…

El viaje de la heroína

Como nos demuestra el mito, los héroes tienen que superar muchas pruebas de valor y enfrentar muchos “dragones” antes de lograr su misión. En el caso de las heroínas, ¡muchas más!

En el caso de Gloria Fuerte, lo primera prueba que tuvo que vencer fue la resistencia de su madre que la llegó incluso, a castigar, cuando la veía devorar libros. En esa época y en un contexto socioeconómico de pobreza, la lectura era considerada como pérdida de tiempo, sobre todo para las mujeres.

A los 14 años la madre la matriculó en el Instituto de Educación Profesional de la Mujer donde obtuvo diplomas de taquigrafía y mecanografía, Higiene y Puericultura. Pero ella no quería ser niñera, ni costurera como la madre y se matriculó en Gramática y Literatura. Sus primeros versos los escribe con 14 años.

Cuando tenía 15 años su madre se murió y Gloria comienza a trabajar como contable en una fábrica, donde “entre cuenta y cuenta escribía poemas”. Esto nos habla de su capacidad de lucha y superación y también, de un sentido realista de la vida: tenía que aportar dinero a la familia y en ese momento, no lo podía obtener con la poesía. Pero no desiste en su objetivo. Paciencia, tesón, esfuerzo y perseverancia, son otros rasgos que la definen. Sigue leyendo

Los recorridos de las emprendedoras: ¿Liebres o tortugas?


El fantástico grupo de mujeres emprendedoras y “muchas cosas más”, que participaron en el taller de coaching que impartí en la Concejalía de Mujer del Ayuntamiento de Tres Cantos.

Taller emprendedoras Tres CantosUn año más impartí el taller de coaching “Autoliderazgo Para Alcanzar tus Metas” programado desde la Concejalía de Mujer del Ayuntamiento de Tres Cantos, dentro de las actividades del 8 de marzo.

Una vez más, me surgen reflexiones o reafirmo percepciones que me gustaría compartir en este artículo.

La edad ¿Inconveniente o posibilidad? Este grupo es reflejo de una inmensa mayoría de mujeres que, en la actualidad, está viendo en el emprendimiento una vía posible para la reorientación profesional y también, como un reto importante en un momento de la vida que suele girar en torno a los 40 años en adelante: atreverse a liderar un proyecto propio que las motiva más allá del lógico temor de iniciar algo propio y nuevo.

¿Y por qué en esa edad? En muchos casos porque se autoafirmaron en sus capacidades y talentos como parte de un proceso personal de crecimiento y empoderamiento vital; en otros, porque a esas edades cuentan ya con un tiempo liberado tras las primeras etapas de maternidad y desean “reinventarse” -concepto tan manido últimamente- tras un período de ausencia en el mundo laboral y, en algunos otros, como alternativa a trabajos poco gratificantes o precarios.

Dicho esto, es interesante tener en cuenta que la edad puede ser un factor que genera más oportunidades que desventajas para las mujeres que apuestan por el autoempleo como fórmula para un desarrollo profesional y económico por cuenta propia: saben mejor lo que quieren, quieren mejor lo que hacen, cuentan con trayectorias profesionales donde apoyarse, tienen recursos valiosos y apuestan por asumir riesgos manejables para dar respuesta a sus deseos e inquietudes.

En el lado de las “sombras” emergen también dificultades comunes y habituales: sortear los obstáculos que acompañan las primeras etapas de la puesta en marcha del negocio. Dificultades relacionadas con la multitarea que conlleva gestionar los múltiples frentes que se entrecruzan: concretar la idea, estudiar el plan de viabilidad financiera, diseñar un plan de marketing, conseguir clientela, contar con un dinero inicial para sostenerse mientras el negocio va tomando forma…

En definitiva, pasar de la idea hacia la concreción de resultados, sin contar con un equipo en quien delegar parte del trabajo. La profesional autónoma tiene que ejercer diversos roles al tiempo y eso genera cansancio, bloqueos y sentimiento de soledad. Por eso conviene revisar la dimensión del tiempo como factor a tener muy en cuenta, primero porque es un hecho objetivo y, en segundo lugar, porque ser conscientes de ello, permite ir diseñando etapas o metas a corto que nos permitan avanzar progresivamente disfrutando en el proceso y no sólo mirando hacia los resultados finales deseados como medida de éxito o fracaso.

Aprender, implica proceso y conlleva tiempo, avanzar supone ir diseñando estrategias a corto y medio plazo que nos vayan acercando hacia ese objetivo final. Durante el recorrido vamos aprendiendo, evaluando y reorientando tácticas a medida que nos adentramos en la vivencia más allá del plan de empresa diseñado inicialmente.

Por eso es importante ser realistas cuando iniciamos un proyecto de emprendimiento y analizar con calma, cómo encajar ese proyecto dentro del “proyecto vital” del momento actual.

Evaluar con qué tiempo real contamos ya que el poner en marcha un negocio, implica tiempo, energías y alta disponibilidad. Sopesar qué tipo de negociaciones habrá que llevar a cabo dentro del entorno familiar para ir reajustando responsabilidades y tareas que antes eran asumidas unilateralmente por las mujeres como parte de los “roles de género” asignados. Analizar los gastos iniciales de inversión y ver si se puede reorganizar la gestión de la economía familiar para destinar una parte a esa inversión inicial como “colchón” de fondo. Obstáculos que suelen condicionar bastante más a las mujeres emprendedoras que a los varones, además de los propios y comunes del emprender.

La soledad durante el camino es otro tema que sale recurrentemente, de ahí que sería deseable buscar fórmulas de Networking desde la cooperación y puesta en común de dificultades, competencias y estrategias, entre mujeres emprendedoras como fórmula altamente positiva que suma para el avance de todas.

¿Y qué se podría compartir? Compartir saberes, sumar redes de contactos, aunar servicios o productos que permitan ofrecer “paquetes integrales” que una sola no podría abarcar, analizar fórmulas y estrategias que funcionaron y resultan operativas para evitar desgastes innecesarios, en definitivamente tejer redes para el autoapoyo personal, profesional y empresarial.

Pero para ello, hay que cambiar la mentalidad que en muchos casos nos lleva a ver a las otras como competidoras más que como aliadas estratégicas. Hay que partir también de la honestidad para evitar la tentación de”puentear” para no confundir competitividad con deslealtad. Hay que priorizar dentro de lo “importante” un tiempo para pararse a repensar en distintos momentos y reevaluar si lo que hacemos, además de hacer y hacer, nos aporta resultados.

Así que quizá nos convenga seguir las tácticas de las tortugas que van paso a paso hasta llegar a la orilla de las playas para desovar, que seguir la fórmula de las liebres que, a golpe de salto y salto, avanzan sin marcarse una dirección enfocada. ¿Paso a paso o a salto de mata?

El coaching grupal es una herramienta muy productiva para dinamizar esos espacios de networking con cabeza y corazón donde poder pararse a revisar los objetivos, reorientarlos si es preciso, establecer las metas ajustadas, diseñar un plan de acción y establecer sinergias productivas y de apoyo mutuo entre mujeres empresarias o emprendedoras.

Al menos, así lo confirmo desde mi experiencia y lo escucho desde el sentir de las mujeres que participan en estos grupo de trabajo y reflexión conjunta.

Carmen Barquín

LIDERAZGO Y MUJERES ¿Masculinizarse para el éxito?


Aún hoy, surgen bastantes confusiones entre igualdad y diferencia. Si las mujeres somos diferentes a los hombres y diferentes entre nosotras mismas, cuando hablamos de la importancia de contar con referentes de mujeres líderes como “modelos” para las que vienen detrás, no  queremos decir que existe una “esencia femenina” en el modo de ser líder, ya que no todas somos iguales; ni tampoco pensar que debamos “masculinizarnos” para el éxito, significa que la diversidad de género debería ponerse en valor, primero porque no existe un liderazgo universal y, luego,  porque las mujeres aportan diversas miradas y modos de estar en la vida, de gestionar equipos y de ejercer el liderazgo, no tanto por factores biológicos como por aprendizajes de socialización,  y esos matices diferenciales, aportan riqueza a las organizaciones.


Esta semana acudí a varios eventos organizados desde la plataforma Womantalent, Red de mujeres empresarias, emprendedoras y líderes, dirigida con criterio, inteligencia y acierto por Beatriz Recio.

mujer prof 2

Presentación resultados de la Guía Avances de la Mujer Profesional.

En primer lugar, estuve IE Business School el pasado 23 de marzo, con ocasión de la presentación de los resultados y claves principales de la “Guía Para el Avance de la Mujer Profesional” elaborada por Womantalent, –se recogen entrevistas a más de 50 mujeres líderes donde analizan las barreras de género que enfrentaron y las estrategias que llevaron a cabo para superarlas-,  y tuve ocasión de escuchar distintos puntos de vista de mujeres profesionales y líderes sobre cuestiones relacionadas con liderazgo, género, desigualdad…

Y ayer, impartí una charla coloquio en colaboración con Womantalent, orientada a mujeres interesadas en repensar sobre la idea de éxito en la vida de las mujeres, en base, no sólo a los logros profesionales, sino también, en función de lo que vamos sintiendo con lo que somos y hacemos en las distintas parcelas de la vida.

Quiero exponer aquí algunas de las reflexiones que me surgen desde lo oído en estas jornadas, desde lo hablado ayer, desde lo conocido en mi trayectoria profesional como coach especialista en género y también, desde lo compartido en debates con tantas mujeres profesionales, directivas, feministas, jóvenes, mayores, empoderadas y más vulnerables.

El hilo conductor de mi reflexión gira en torno a las resistencias y estrategias adoptadas por algunas mujeres líderes para identificar y resolver las discriminaciones indirectas que siguen operando en mayor o menor grado en las estructuras y en la prácticas del mundo empresarial, como resultado de una cultura organizacional de sesgo androcentrista.

  1. Mimetismo con el modelo de liderazgo androcéntrico.

La resistencia de una mayoría de mujeres que ocupan altos puestos de poder y decisión para identificar las barreras de género que tuvieron que superar en sus recorridos profesionales, y el poso que dejó en su aprendizaje la soledad en la que tuvieron que gestionar los conflictos derivados y sentidos, aunque no siempre identificados, a lo largo de sus procesos de ascenso, puede generar respuestas y estrategias adaptativas de mimetismo al modelo imperante.

Por ello, muchas veces nos encontramos con mujeres que hablan, piensan y dictaminan lo que debe ser o no el liderazgo, desde posicionamientos tradicionalmente masculinos. Entiéndase como aquellos rasgos que se asociaron al perfil directivo a través de los atributos de género que se identificaron con la masculinidad: agresividad, racionalidad, ausencia de emoción…

Entonces se produce la  siguiente paradoja: Cómo vamos a transformar las creencias y prácticas sexistas si las que consiguen ocupar posiciones de poder y toma de decisiones, pudiendo cambiar algunas reglas del juego, siguen validando y reproduciendo modelos de liderazgo que infravaloran a las mujeres que no se “travisten” de masculinidad en el ejercicio de sus liderazgos.

  1. Meritocracia individualista.

Como resultado de lo anterior, algunas mujeres líderes se colocan en posicionamientos y actitudes reactivas “culpabilizando” a las colegas que expresan malestar o sienten que no les compensa el precio que tienen que pagar al considerar que: “Si yo pude, la que no puede es por incapacidad”. A continuación suelen venir otros comentarios que reflejan la ¿rabia acumulada?: “yo tuve que sacrificar muchas cosas para estar donde estoy, incluso me costó la separación, hay que ser fuertes¡ ¿Negar el coste de las renuncias implica mayor fortaleza? No sería más acertado pensar en los motivos que subyacen debajo de unas u otras elecciones?

Desde estos análisis, solo cabe pensar que el problema es  individual, sin tener en cuenta otros múltiples factores que condicionan las oportunidades de las personas para poder llegar a desplegar su máxima potencialidad.

Estas posiciones son peligrosas porque invisibilizan lo estructural y así, difícilmente se podrán cambiar ideologías y prácticas discriminatorias que sostienen y retroalimentan la desigualdad de género. Prácticas que, en la práctica, son el motivo de fondo de las renuncias de tantas mujeres a continuar en sus carreras profesionales en condiciones no deseables y, la confusión de otras, al pensar que fortaleza y carácter, es someterse al sistema para responder según los códigos que impone.

  1. Las propias mujeres culpabilizan a las que solicitan excedencias o reducción de jornadas por maternidad.

Comentarios tipo: “las culpables muchas veces somos nosotras, hay muchas mujeres que abusan de los permisos de maternidad o excedencias, eso nos perjudica a todas”

Entonces, las mujeres que ejercen sus derechos para equilibrar en difícil cuadratura la vida personal, familiar y profesional, ¿no demuestran ambición o compromiso con sus carreras profesionales? Y, por otro lado,  aquellas que optan por dedicar un tiempo a la crianza, se sienten cuestionadas por hacerlo. Por ambos lados, las mujeres parecen enfrentarse entre ellas, unas aludiendo que las que valen pueden y las otras, justificando su derecho a vivir la maternidad por encima de la carrera profesional y defendiendo que no es por comodidad.

Cabría preguntarse  ¿Por qué lo hacen? ¿Se enfrentan a estas coyunturas los varones? ¿La dirección de empresa tiene en cuenta que las mujeres talentosas y capaces, además de profesionales competentes tienen diferencias biológicas -parir-, y padecen situaciones de desigualdad, la falta de corresponsabilidad de las empresas, del estado y de lo hombres para ocuparse de su cuota de responsanbildad en lo que concierne al cuidado de hijos e hijas.

Aquí ademas, se da también, la desigualdad económica, aquellas mujeres que cuentan con una situación económica más favorable, siempre pueden contratar a otras mujeres para atender estas tareas.

De nuevo se puede caer en una confusión peligrosa, si las mujeres en la práctica, según se desprende de las encuestas del uso del tiempo, entre otros indicadores que muestran la brecha de género, son las principales responsables de la gestión de lo doméstico y del cuidado vincular,

al recaer sobre ellas social y culturalmente esta responsabilidad, cuando no les queda otra que asumirlo, además se las tacha de ¿cómodas?

¿Cuentan las mujeres con tiempo propio, al igual que disfrutan la inmensa mayoría de varones, para dedicar todas sus energías al empleo, formación y creación de redes profesionales de contacto y promoción? ¿Este modelo permite la sostenibilidad de la vida en sus múltiples facetas?

 4. Pensar que la buena gestión del tiempo implica poder “con todo” .

En muchos foros  se escucha a las mujeres comentar su dificultad para llegar a “todo” y vivirlo más como incapacidad que como consecuencia de las múltiples responsabilidades y tareas asumidas unilateralmente, lo que evidencia una violencia social de base que limita el pleno disfrute de los derechos reconocidos por ley ya que, en la práctica, se responsabiliza a las mujeres del cuidado de la vida aunque luego se las penaliza por ello en el ámbito laboral.

¿Puede funcionar un mundo sin el otro? ¿Los padres están siempre tan ocupados en lo “importante” que no tienen tiempo de ocuparse de la logística doméstica y familiar? ¿Que ven sólo lo que hay que hacer en lo referente al mundo profesional pero se muestran “ciegos” en lo referente a las múltiples tareas y responsabilidades que conlleva la crianza y el cuidado de las personas?

Como consecuencia de este sobreesfuerzo “interiorizado” como normal, no pocas mujeres manifiestan en las sesiones de coaching sentimientos de insatisfacción, culpa, rabia, frustración, sentimiento de incapacidad y otros muchos síntomas físicos y emocionales que nos hablan de un estrés sostenido en el tiempo y de cuadros depresivos no identificados como reacción a esta desigualdad estructural.

5. Autopostergaciones y autorrenuncias que no tienen que ver con el “miedo al éxito”.

Si no más bien, con el mandato de “incondicionalidad” que nos atraviesa a la inmensa mayoría de las mujeres al confundir el amor con la incondicionalidad como valor supremo de la identidad femenina.

A lo largo de la vida, muchas mujeres van tomando decisiones que inclinan la balance a favor de las necesidades de los otros importantes, ya sean hijas/os o parejas, a costa de su propio bienestar, desarrollo personal  o carrera profesional. Las renuncias de las mujeres siempre se justifican si se hacen para el bien de la familia.

Conceptos como ambición, competitividad, no son asumidos como deseos lógicos de las mujeres sin con ello se contraviene uno de los mandatos de género más incrustados en las prácticas sociales, y también, en la propia subjetividad de las mujeres: “el sacrificio por amor como valor de lo femenino”. Es impresionante como opera la instrumentalización del cuidado hacia los otros a costa del propio autocuidado.

  1. La tendencia de las mujeres hacia la“autoexigencia”

La autoexigencia y el híper-perfeccionismo son malos compañeros de viaje en la vida de no pocas mujeres, muchas clientas así me lo reiteran, al confundir la eficiencia con la omnipotencia.

A lo largo de la socialización diferencial, las pautas de género guían y modelan nuestra identidad en base a los deberes impuestos desde los roles de género asignados. Ser buena madre, hija, compañera afectiva, a la par que ser buena profesional, resulta del todo imposible desde los códigos de género y socioeconómicos que determinan las reglas del juego del mundo público Vs. el doméstico: ambos exigen disponibilidad plena para ser aceptadas, valoradas y recompensadas.

Por ello, muchas mujeres sienten que deben demostrar mucho más que sus colegas varones porque así se lo está demandando de mil maneras desde el entorno empresarial, y, también, las propias mujeres líderes, que reproducen consciente o inconscientemente actitudes machistas y patriarcales.

¿Se entiende entonces porque tantas mujeres acaban haciendo malabarismos miles para compatibilizar ambos mundos? ¿El peso del deber impuesto e “introyectado” no tendrá que ver con el empeño de las mujeres en demostrar que pueden con todo y que lo pueden hacer bien, sin pararse demasiado a identificar los costes que supone este sobreesfuerzo para su salud y calidad de vida?

¿Buscar alternativas y estrategias de “supervivencia” en entornos hostiles implica ser las culpables de aquello que nos somete?

Concluyendo…

Las mujeres que acceden a puestos de poder y toma de decisiones ¿no deberían tomar conciencia de las propias barreras que ellas superaron y ayudar a otras mujeres a desarrollar estrategias desde prácticas de colaboración cooperativa?

¿No sería fantástico contar con mentoras capaces, competentes, estrategas, que no necesiten “travestirse” de masculinidad para demostrar su valor y capacidad de liderazgo?

Necesitamos urgentemente modelos de mujeres líderes que sirvan de espejo y reflejo a las nuevas generaciones, no por capricho de las feministas, sino por pura estadística: las mujeres somos más del 50% de la población y no es posible que siga operando un modelo universal de liderazgo androcéntrico cuando hay múltiples maneras de ejercerlo.

Y también, porque es importante poner en valor a las mujeres, visibilizarlas y otorgarles la autoridad simbólica y material que por inteligencia y justicia nos merecemos. Y para eso, las redes de cooperación entre mujeres son una vía poderosa, eso sí, desde un reflexión y análisis que incorpore la perspectiva de género.

La igualdad como valor y principio ético, no implica que para ser reconocidas, las mujeres debamos ser iguales a los hombres, sino que supone el derecho a ser reconocidas en nuestras diferencias con un mismo valor, de lo contrario se siguen produciendo jerarquías que perpetúan la desigualdad que sostiene la ideología sexista.

Carmen F. Barquín

Coach especialista en género.